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jueves, 25 de abril de 2013

preparación para la muerte dictada por Jesús (María Valtorta)

www.izquierdo.nom.es
PREPARACIÓN PARA LA MUERTE
Dictada por Jesús
Sobre María Valtorta
María Valtorta nace en Caserta (Italia) el 14 de Marzo de
militar.
Fue enfermera y tras sufrir la agresión de un manifestante quedó paralítica de
cintura para abajo lo que le obligó a estar postrada durante los 27 últimos años de su
vida. Sufrió a lo largo de su vida el fuerte carácter de su madre, y muchas tribulaciones
que purificaron su alma.
Muere en Viareggio, a los 64 años, el 12 de Octubre de
encuentran en Florencia, en la capilla del Claustro Grande del complejo monumental de
la Santísima Anunciación.
Hacia el año
de María, que durante cuatro años fue su director Espiritual, María empieza a escribir y
describir sus visiones y dictados celestiales
En poco tiempo se transformó en un instrumento dócil, a través del cual Dios
nos entregó revelaciones en
En medio de dolores y enfermedad
cuaderno.
Ella misma reconoció que no dispuso de medio humano alguno para elaborar
sus escritos: absolutamente todo le fue dictado o revelado en visio
propio Cristo, o por la misma Madre de Dios, o por visiones celestiales que la
acompañaron durante largos años de su vida
nada puso ella de todo lo escrito, todo le fue dictado o mostrado en visiones que e
transcribió en sus escritos.
Tuvo revelaciones de JesuCristo
consignó bajo el título de
sido revelado"
detalles de su vida y hechos
profundizar mucho en la vida de Jesús, de la Virgen, de los Apóstoles y del entorno en
el que se desarrollaron sus vidas
conocimiento más perfecto de Jesús, de la Virgen y del gran sacrificio que hicieron
ambos para la Redención del hombre tras la caída de nuestros primeros padres.
Esta obra maestra, monumento de doctrina y literatura, es
varios tomos
Tras su
la Iglesia. Pero como ocurre casi siempre con las obras de Dios, finalmente se impuso a
toda adversidad y culminó siendo aprobada oficialmente.
La aproba
Ciudad de Roma, el 13 de febrero de
otorgamiento de Nihil Obstat e Imprimátur al Poema de El Hombre Dios (aprobación de
la obra y de la publicación, res
“Digo que no hay nada objetable en el Poema de El Hombre
y en todos los demás escritos de Valtorta en lo que respecta a la fe y
Algunas obras de María Valtorta:
Poema de El Hombre-Dios o
Preparación para la muerte dictada por Jesús.
Cuadernos de 1945-50.
Los 20 Misterios del Rosario.
La Hora de Getsemaní.
Lecciones sobre la carta de San Pablo
Libro de Azarías.
Escritos de María Valtorta
a María Valtorta.
uere 1961
1942, por mediación de un sacerdote de la Orden de los Siervos
celestiales.
egó gran cantidad.
María escribió quince mil páginas de
vida, siendo que María V. reconoce que
ranscribió quien le contó toda su Vida
Poema de El Hombre-Dios o "El Evangelio como me ha
revelado", donde punto por punto y de una manera muy minuciosa le
que concuerdan con los Evangelios, y que
vidas. Este estudio es muy emotivo y nos lleva a un
nto denominada Poema de El Hombre-Dios.
fallecimiento, su obra fue en un principio controvertida para parte d
glesia. aprobación formal fue otorgada por el Obispo Roman Danylak
2002. Monseñor Danylak dijo en su escrito de
respectivamente):
la moral”.
+
“El Evangelio como me ha sido revelado".
a los Romanos.
1897, hija de un
1961. Sus restos se
erdote visiones, por el
, ella
que ella
, cuenta
nos hacen
. una colección de
, de
en la
. Hombre-Dios
Preparación para la muerte.- María Valtorta .-2
PREPARACIÓN PARA LA MUERTE
Dictada por Jesús a María Valtorta.
-De los Cuadernos de 1945-50.-
14 de julio de 1946
Jesús nos enseña a morir.
Dice Jesús:
“Dicté una Hora Santa para quienes lo deseaban.
Desvelé mi Hora de Agonía del Getsemaní para otorgarte un gran premio; porque no
hay acto de confianza mayor entre amigos que el de desvelar al amigo el propio
dolor. Ni la risa ni el beso son la prueba suprema del amor, sino el llanto y el dolor
comunicados al amigo. Tú, amiga mía, lo has conocido. Porque estuviste en el
Getsemaní. Ahora estás en la Cruz y pruebas penas de muerte.
Apóyate en tu Señor mientras que Él te da una Hora de preparación para la muerte”.
I.
“Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz”.
No es una de las siete Palabras de la Cruz, pero es ya palabra de pasión.
Es el primer acto de la Pasión que se inicia. Es la preparación necesaria para las
demás fases del holocausto. Es invocación al Dador de la vida, resignación, humildad
y oración en la que se trenzan, ennobleciéndose la carne y perfeccionándose el alma,
la voluntad del espíritu y la flaqueza de la criatura a la que repugna la muerte.
“¡Padre...!”.
¡Oh!, es la hora en la que el mundo desaparece para los sentidos y para la mente,
mientras que se acerca a la velocidad de un meteoro el pensamiento sobre la otra
vida, sobre lo desconocido, sobre el juicio. El hombre, siempre un infante aunque sea
centenario, es como un niño asustado que se ha quedado solo y busca el seno de
Dios.
Marido, mujer, hermanos, hijos, padres, amigos...
Lo eran todo mientras que la vida estaba lejos de la muerte, mientras que la muerte
era tan sólo un pensamiento oculto entre tinieblas lejanas. Pero ahora que la muerte
sale de entre los velos y avanza, se invierte la situación, y son los padres, los hijos,
los amigos, los hermanos, el marido y la mujer quienes pierden sus rasgos definidos,
su valor afectivo, empañándose ante el avance de la muerte. Como voces que se van
debilitando con la distancia, las cosas de la tierra van perdiendo vigor a la vez que lo
adquiere lo del más allá, aquello que hasta ayer parecía tan lejano... Y un
movimiento de miedo se apodera de la criatura.
Si no fuese penosa y temerosa, la muerte no sería el extremo castigo y el
medio extremo de expiación concedido al hombre. Hasta que no existió la
Culpa, la muerte no fue tal sino dormición. Y donde no hubo culpa tampoco
hubo muerte, como ocurrió con María Santísima.
Yo morí porque sobre Mí gravitaba todo el Pecado, y conocí el horror de morir.
“¡Padre!”.
Preparación para la muerte.- María Valtorta .-3
¡Oh!, este Dios tantas veces no amado o amado en último lugar, después de que el
corazón amó a parientes y amigos, de que tuvo otros amores indignos con criaturas
viciosas o amó las cosas como a dioses, este Dios tan frecuentemente olvidado, que
permitió que se le olvidase, que nos dejó libres de olvidarle, que dejó hacer, que a
veces fue escarnecido, otras maldecido, otras negado, he aquí que vuelve a surgir en
la mente del hombre recobrando sus derechos.
Brama: “¡Yo soy!” y para no hacernos morir de espanto con la revelación de su
poder, mitiga ese potente “Yo soy” con una palabra suave: “Padre”.
“Yo soy tu Padre”.
Y ya no es terror, sino abandono en Él, el sentimiento que despierta esta palabra.
Yo, Yo que debía morir y comprendía lo que es morir después de haber enseñado a
los hombres a vivir llamando “Padre” al Altísimo Yhvh, os enseñé a morir sin
terror llamando “Padre” al Dios que vuelve a surgir entre los espasmos de la
agonía o se hace más presente al espíritu del moribundo.
“¡Padre!”.
¡No temáis!
¡Vosotros que morís, no temáis a este Dios que es Padre!
No se presenta justiciero, provisto de registros y de hachas, ni cínico arrancándoos
de la vida y de los afectos, sino que viene con los brazos abiertos diciendo: “Torna a
tu morada. Ven al descanso. Yo te compensaré con abundancia por cuanto dejas
aquí. Y, te lo juro, en mi seno harás mucho más a favor de los que dejas aquí que no
permaneciendo aquí abajo en lucha afanosa y no siempre remunerada”.
Pero la muerte siempre es dolor. Dolor por el sufrimiento físico, dolor por el
sufrimiento moral, dolor por el sufrimiento espiritual. Debe ser dolor, lo repito, si
ha de ser el medio para la última expiación en el tiempo. Y en un fluctuar de
nieblas, que ocultan y descubren, alternándose, lo que en la vida se amó, y lo
que nos hace temer el más allá, el alma, la mente, el corazón, como nave atrapada
en una gran tempestad, pasan –de zonas tranquilas que gozan ya de la paz del
inminente puerto, ya cercano, visible y tan sereno que comunica una quietud
beatífica y una sensación de reposo semejante al de quien, a punto de dar por
concluido un esfuerzo, pregusta el gozo del próximo descanso– pasan a zonas en las
que la tempestad les sacude, les azota y les hace sufrir; aterrarse y gemir. Es de
nuevo el mundo, el afanoso mundo con todos sus tentáculos: familia, negocios; es la
angustia de la agonía, es el pavor del último paso...
¿Y después?
¿Y después...?
La tiniebla asalta, sofoca la luz, silba sus terrores...
¿Dónde está ya el Cielo?
¿Por qué morir?
¿Por qué tener que morir?
Y el grito borbotea ya en la garganta: “¡No quiero morir!”.
No, hermanos míos que morís porque justo, santo es el morir al ser la Voluntad
de Dios.
No. ¡No gritéis así! Ese grito no viene de vuestra alma. Es el Adversario que
sugestiona vuestra debilidad haciéndooslo proferir. Transformad el grito rebelde y vil
en un grito de amor y de confianza: “Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz”.
Como el arco iris tras el temporal, es entonces cuando ese grito hace tornar la luz, la
calma. De nuevo veis el Cielo, las razones santas del morir y su premio que es
retornar al Padre, y entonces comprendéis que también el espíritu, o mejor dicho,
que el espíritu tiene derechos superiores a los de la carne porque él es
eterno y de naturaleza sobrenatural y, por eso, goza de preeminencia sobre
Preparación para la muerte.- María Valtorta .-4
la carne, y entonces pronunciáis la palabra que os absuelve de todos vuestros
pecados de rebelión: “pero no se haga mi voluntad sino la Tuya”.
Aquí está la paz, aquí la victoria. El ángel de Dios os ciñe y os conforta porque
ganasteis la batalla preparatoria para hacer de la muerte un triunfo.
II.
“¡Padre, perdónales!”.
Es el momento de despojarse de todo cuanto supone peso para volar con
mayor seguridad a Dios. No podéis llevar con vosotros afectos ni riquezas que
no sean espirituales y buenas. Y no hay hombre que muera sin tener algo que
perdonar a alguno o a muchos de sus semejantes en muchas cosas y por múltiples
motivos.
¿Qué hombre hay que llegue a morir sin haber sufrido el amargor de una traición, de
un desamor, de un engaño, de un abuso o de otro daño cualquiera de parte de
parientes, consortes o amigos? Pues bien, es la hora de perdonar para ser
perdonados. Perdonar completamente, dejando a un lado, no sólo el rencor y
el recuerdo sino hasta la persuasión de que el motivo de nuestro rencor era
justo.
Es la hora de la muerte.
El tiempo, el mundo, los negocios y los afectos terminan quedando reducidos a
“nada”.
Ya sólo existe una “verdad”: Dios.
¿Para qué, pues, llevar más allá de los umbrales lo que es de la parte de acá de los
mismos?
Perdonar.
Y, dado que llegar a la perfección del amor y del perdón –que consiste en no decir
siquiera: “con todo yo tenía razón”– es muy difícil, demasiado difícil para el hombre,
debe traspasar al Padre el encargo de perdonar por nosotros. Entregarle
nuestro perdón a Él que no es hombre, que es Perfecto, que es Bueno, que es
Padre, para que Él lo depure con su Fuego y se lo dé, una vez perfeccionado, a quien
merezca el perdón.
Perdonar, a los vivos y a los muertos. Sí.
También a los muertos que nos causaron dolor.
La muerte limó muchas aristas al disgusto de los ofendidos, a veces las quitó todas.
Pero, aún perdura el recuerdo. Hicieron sufrir y se recuerda que hicieron sufrir.
Este recuerdo pone siempre un límite a nuestro perdón. No. Ya no más.
Ahora la muerte está a punto de quitar todo límite al espíritu.
Se penetra en el infinito.
Hay que eliminar, por tanto, hasta este recuerdo que pone límites al perdón.
Perdonar, perdonar para que el alma no tenga sobre sí el peso y el tormento de los
recuerdos y pueda estar en paz con todos los hermanos vivos o penantes, antes de
encontrarse con el Pacífico.
“¡Padre, perdónales!”.
Santa humildad, dulce amor del perdón otorgado, que sobreentiende el perdón
que se pide a Dios por las ofensas para con Él y para con el prójimo, que tiene todo
aquel que pide perdón para los hermanos. Acto de amor. Morir en un acto de amor
es ganar la indulgencia del amor. Bienaventurados los que saben perdonar en
expiación de todas sus durezas de corazón y de las culpas de la ira.
Preparación para la muerte.- María Valtorta .-5
III.
“He aquí a tu hijo”.
¡He aquí a tu hijo! Hacer cesión de lo que nos es querido con previsor y santo
pensamiento; abandonar los afectos y abandonarse a Dios sin resistencia. No
envidiar al que posee lo que dejamos. Con esa frase podéis confiar a Dios todo lo que
más os interesa y que abandonáis, y todo lo que os angustia, y hasta vuestro propio
espíritu.
Recordar al Padre que es Padre.
Ponerle en las manos el espíritu que torna a su Fuente.
Decirle:
“Heme aquí. Aquí estoy. Tómame contigo porque me dono a Ti. No cedo
forzado por las circunstancias. Me dono porque te amo como hijo que torna a
su padre”.
Y decirle:
“He aquí. Éstos son mis seres queridos; te los entrego. Éstos son mis
negocios que alguna vez me hicieron ser injusto, envidioso del prójimo, y que
hicieron que me olvidase de Ti porque me parecían –lo eran ciertamente, si
bien yo los tenía por más de lo que eran– me parecían de capital importancia
para el bienestar de los míos, para mi honor y por el aprecio que me
proporcionaban. Creí también que sólo yo fuese capaz de administrarlos. Me
creí necesario para llevarlos a cabo. Ahora veo... que eran tan sólo una pieza
insignificante en el perfecto engranaje de tu Providencia, y muchas veces, un
mecanismo imperfecto que descomponía el trabajo del organismo perfecto.
Ahora que las luces y las voces del mundo cesan y todo se va alejando, veo...
siento... ¡qué insuficientes, deterioradas e incompletas eran mis obras! ¡cómo
desentonaban con el Bien!
Presumí de ser alguien.. Tú eras quien –previsor, providente y santo–
corregías mis trabajos y los hacías útiles.
Presumí. Alguna vez incluso dije que no me amabas porque no me
acompañaba el éxito en lo que emprendía, como a aquellos a los que yo
envidiaba.
Ahora lo veo. ¡Ten compasión de mí!”.
Humilde abandono, pensamiento agradecido de la Providencia como reparación de
vuestras presunciones, avideces, envidias y sustituciones de Dios con pobres cosas
humanas y con gula de toda suerte de riqueza.
IV.
“Acuérdate de mí”.
Habéis aceptado el cáliz de la muerte, habéis perdonado y cedido lo que era vuestro,
incluso hasta a vosotros mismos. Habéis mortificado mucho el yo humano y liberado
al alma de lo que desagrada a Dios: del espíritu de rebeldía, del espíritu de rencor y
de codicia. Habéis cedido al Señor la vida, la justicia, la propiedad, la pobre vida, la
más pobre justicia y las tres veces pobres propiedades humanas. Nuevos Jobs, os
encontráis desfallecidos y despojados ante Dios. Entonces podéis decir: “Acuérdate
de mí”.
Ya no sois nada.
Ni salud, ni arrogancia, ni riqueza. No sois dueños ni de vosotros mismos. Sois oruga
con posibilidad de convertiros en mariposa o de pudriros en la cárcel del cuerpo
Preparación para la muerte.- María Valtorta .-6
causando una postrera herida a vuestro espíritu. Sois fango que torna al fango o
fango que se transforma en estrella según prefiráis descender en la cloaca del
Adversario o ascender en el vórtice de Dios. La última hora decide la vida eterna.
Recordáoslo. Y gritad: “¡Acuérdate de mí!”
Dios aguarda aquel grito del pobre Job para colmarle de bienes en su Reino. Para un
Padre es dulce perdonar, intervenir y consolar. En cuanto que escucha este grito, os
dice: “Hijo, estoy contigo. No temas”. Pronunciad esta palabra a fin de reparar las
veces que os olvidasteis del Padre o fuisteis soberbios.
V.
“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
A veces parece que Dios abandona. Pero sólo se ha escondido para que aumente la
expiación y conceder así mayor perdón. ¿Puede el hombre lamentarse de ello con ira
cuando él abandonó infinitas veces a Dios? Y ¿debe desesperarse porque Dios le
pruebe?
¡Cuántas cosas pusisteis en vuestro corazón que no eran Dios! ¡Cuántas veces
fuisteis indolentes con Él! Con cuántas cosas le rechazasteis y echasteis de vosotros!
Llenasteis vuestro corazón de todo y después lo cerrasteis echándole el cerrojo
porque temíais que Dios, si entraba, pudiera turbar vuestro quietismo indolente y
purificar su templo echando de él a los usurpadores. ¿Qué os importaba de Dios
mientras fuisteis felices?
Os decíais: “Tengo ya de todo porque me lo he ganado”. Y cuando no fuisteis felices
¿acaso no huisteis de Dios culpándole de vuestro mal?
¡Oh! hijos injustos que bebéis el veneno, que os introducís en los laberintos, que os
arrojáis a los precipicios, a las guaridas de las serpientes y otras fieras y después
decís: “Dios tiene la culpa”. Si Dios no fuese Padre y Padre santo, ¿qué habría de
responder a vuestro lamento de las horas dolorosas cuando en las horas felices os
olvidasteis de Él?
¡Oh! hijos injustos que, llenos de culpas como estáis, pretendéis ser tratados como
no lo fue el Hijo de Dios en la hora del holocausto.
Decid, ¿quién estuvo más abandonado? ¿No fue acaso Cristo, el Inocente, quien para
salvar aceptó el abandono total de Dios tras haberle amado activamente siempre?
¿No lleváis acaso vosotros el nombre de “cristianos”? Y ¿no tenéis el deber de
salvaros siquiera a vosotros mismos? En la turbia desidia, que se complace en sí
misma y teme las molestias de acoger al Activo, no hay salvación.
Imitad pues a Cristo, lanzando este grito en el momento de mayor angustia. Pero
haced que la nota del grito sea nota de mansedumbre y de humildad, no un tono de
blasfemia ni de reproche.
“¿Por qué me has abandonado Tú que sabes que sin Ti nada puedo?
Ven Padre, ven a salvarme, a infundirme fortaleza para salvarme a mí
mismo, porque son horribles las apreturas de la muerte y el Adversario
acrecienta ingeniosamente su poder susurrándome que Tú ya no me amas.
Déjate oír, Padre, no por mis méritos, sino precisamente porque soy una
nada sin valor alguno que no sabe vencer si está sólo, y que ahora
comprende que la vida era trabajo para ir al Cielo”.
Está dicho: ¡Ay de los que se encuentran solos! ¡Ay de quien está sólo en la hora de
la muerte, solo consigo mismo contra Satanás y contra la carne! Pero no temáis. Si
llamáis al Padre, Él acudirá. Y este humilde invocarlo expiará vuestras culpables
Preparación para la muerte.- María Valtorta .-7
torpezas para con Dios, vuestra falsa piedad y los desordenados amores del yo que
os hacen indolentes.
VI.
“Tengo sed”.
Sí, verdaderamente, cuando se ha entendido el verdadero valor de la vida eterna
respecto del falso metal de la vida terrena, cuando se ha aceptado como santa
obediencia la purificación del dolor y de la muerte, cuando en pocas horas, o en
pocos minutos tal vez, se ha crecido en sabiduría y en gracia ante Dios más de
cuanto se hubiera crecido en muchos años de vida, viene una sed profunda de aguas
celestiales, de cosas celestiales. Están vencidas las lujurias de toda la sed humana,
pero viene la sed sobrenatural de poseer a Dios.
La sed del amor. El alma aspira a beber el amor y a ser absorbida por él. Como el
agua de lluvia que cae al suelo y no quiere convertirse en fango sino tornar a ser
nube, así ahora el alma tiene sed de subir al lugar del que descendió. A punto de
quedar rotos los muros carnales, la prisionera percibe ya las auras del Lugar de
origen y lo anhela con todo su ser.
¿Cuál es el peregrino exhausto que, viendo ya próximo, tras largos años, el lugar
nativo, no concentra todas sus fuerzas y prosigue veloz, tenaz, despreocupado de
todo lo que no sea llegar al sitio del que un día partió dejando en él su verdadero
bien que ahora está seguro de recobrar y de gustar mucho más, dada la experiencia
que tiene del pobre bien que no sacia y que encontró en el lugar del exilio?
“Tengo sed”. Sed de Ti, mi Dios. Sed de tenerte. Sed de poseerte. Sed de darte.
Porque en los umbrales entre la Tierra y el Cielo se sabe ya entender, como se debe,
el amor al prójimo, y viene un deseo de actuar para dar a Dios al prójimo que
dejamos. Es la santa laboriosidad de los santos que, cual granos muertos convertidos
en espiga, se desbordan en amor para proporcionar amor y hacer que ame a Dios
aquel que aún está debatiéndose en las luchas de la Tierra.
“Tengo sed”. Una vez llegada el alma a los umbrales de la Vida, no hay más que un
agua que sacie: el Agua viva, Dios mismo. El Amor verdadero: Dios mismo. Amor
contrapuesto al egoísmo.
El egoísmo murió en los justos antes que la carne y el que reina en ellos es el amor
que grita: “Tengo sed de Ti y de almas. Salvar. Amar. Morir para gozar de la libertad
de amar y de salvar. Morir para nacer. Dejar para poseer. Rechazar toda dulzura,
todo consuelo, porque todo lo de aquí abajo es vanidad y lo que el alma tan sólo
quiere es anegarse en el río, en el océano de la Divinidad, beber de Ella, estar en Ella
sin tener más sed, al acogerle la Fuente del Agua de la Vida”. Hay que tener esta sed
en reparación del desamor y de la lujuria.
VII.
“Todo está cumplido”.
Todas las renuncias, todos los sufrimientos, todas las pruebas, las luchas, las
victorias, las ofrendas: todo. Ya sólo resta presentarse ante Dios. Concluyó el
tiempo concedido a la criatura para llegar a ser un dios, lo mismo que el
concedido a Satanás para tentarla.
Cesa el dolor, cesa la prueba, cesa la lucha. Quedan únicamente el juicio y la
amorosa purificación, o llega de inmediato la bienaventurada morada del Cielo.
Preparación para la muerte.- María Valtorta .-8
Cuanto es Tierra y voluntad humana llegó a su fin. ¡Todo está cumplido! Ésta
es la palabra de la completa resignación o del gozoso reconocimiento de haber
terminado la prueba y consumado el holocausto.
No me refiero aquí a los que mueren en pecado mortal, quienes no dicen: “todo está
cumplido”, sino que, con un grito de victoria y un llanto de dolor, lo dicen por ellos el
ángel de las tinieblas, victorioso y el ángel de la guarda, vencido.
Me refiero a los pecadores arrepentidos, a los buenos cristianos o a los héroes de la
virtud. Éstos, cada vez más vivos en su espíritu al tiempo que la muerte se apodera
de la carne, murmuran o gritan, resignados o gozosos:
“Todo está consumado. El sacrificio ha terminado.
¡Tómalo como expiación mía!
¡Tómalo como mi ofrenda de amor!”
Así dicen los espíritus con la penúltima palabra, según sea que sufran la muerte por
ley común o, como almas víctimas, la ofrezcan en voluntario sacrificio.
Pero tanto unas como otras, una vez llegadas a la liberación de la materia, reclinan
su espíritu en el seno de Dios diciendo: “Padre, en tus manos encomiendo mi
espíritu”.
“María, ¿sabes lo que supone expirar con esta elevación hecha viva en el corazón?
Es expirar en el beso de Dios.
Hay muchas preparaciones para la muerte. Mas, créeme, ésta, basada en mis
Palabras, es, dentro de su sencillez, la más santa de todas”.
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